Crónica Juicio «Contraofensiva»: La voz de Mónica, entre silencios

Edgardo Binstock, su hija Ana Victoria y su hijo Miguel Francisco, fueron los tres testigos de una jornada que contó con la particularidad de que se escuchara, por primera vez, la voz de una de las víctimas, Mónica Pinus de Binstock. El Diario del Juicio comparte, como parte de esta crónica, también ese audio que conmovió a todas la partes del juicio. Mónica Pinus fue secuestrada en Brasil junto a Horacio Campiglía. Edy Binstock, sobreviviente de la Contraofensiva, contó cómo fue el largo camino para saber cómo fue el secuestro, que va desde el relato de un testigo ocular en el Aeropuerto de Río de Janeiro a los documentos desclasificados por Estados Unidos, pasando por el relato de la sobreviviente Silvia Tolchinsky.

📝 Texto: Fernando Tebele
📷 Fotos: Gustavo Molfino/Fernando Tebele
💻 Edición: Diana Zermoglio
👆  Foto de portada: Eduardo Binstock junto a Ana Victoria y Miguel Francisco, luego de una jornada familiar muy intensa (Fernando Tebele/Diario del Juicio)

Ana Victoria Binstock no puede más de angustia. Tiene que hacer prolongadas pausas entre palabras para poder respirar. Es todo un esfuerzo para ella estar allí. No quiere ni tiene por qué disimularlo. La angustia es tal, que uno de los jueces, Matías Mancini, le consulta si quiere que algún familiar la acompañe en su testimonial. No la interrumpe, se cuela con cuidado por la hendija de sus silencios. El juez Esteban Rodríguez Eggers lo respalda: “no es muy ortodoxo, pero si las partes no tienen objeciones”. No hace falta, ella quiere seguir. Sentado exactamente en la silla de atrás, su padre, Eduardo Binstock, que acaba de declarar durante dos horas y media, inclina su cuerpo hacia adelante para darle impulso. Estamos a punto de vivir seguramente uno de los hitos de este juicio. Hasta aquí se ha escuchado a hijas e hijos leer cartas de sus padres. Se han visto fotos en colores y en blanco y negro, más o menos desgastadas por el paso de los años. Nos han compartido sus dibujos infantiles. También contaron acerca de la ausencia irreparable, de la reconstrucción cotidiana e interminable de esas historias que debieron conocer directamente y que el genocidio impidió. Pero lo que está por suceder supera todo lo anterior, sin quitarle relevancia a nada de lo vivido en las veintitrés jornadas precedentes. Ana Victoria pide permiso para que escuchemos un audio que está en su teléfono celular. Alguna dificultad para hacerlo funcionar prolonga la ansiedad. Está por aparecer la voz de su madre, Mónica Pinus de Binstock, desaparecida desde el 12 de marzo de 1980.

“Esto es para los tíos. Solamente quiero saludarlos… esperar que todo vaya bien. Y… que tengamos confianza, que todo nos va a ir muy bien (largo silencio). Y desde ya, les deseo la mejor de las suertes en la tarea que sé que es difícil (otra pausa), pero es muy muy linda (pausa). Un abrazo montonero para todos».

Ana Victoria tiene un buzo Adidas azul. Sus pies se aprietan enteros contra el piso, bien firmes. “Estábamos en la Guardería de La Habana al cuidado de ‘los tíos’. Así como nos mandaban las fotos y las cartas, nos mandaban casetes”. Apenas 34 segundos de la voz de Mónica alcanzan para generar un impacto que ni el público ni ninguna de las partes puede disimular. Lo más sorprendente de todo quizá sea que las pausas angustiadas de Ana Victoria y su manera de decir, suenan muy parecidas a la de su madre, que está poniendo, por primera vez en este juicio, el sonido de la voz de quienes ya no están, porque no pueden.

Los que no están, porque pueden

Al comienzo de su testimonio, Ana Victoria había señalado que quería plantear una cuestión. “Antes de empezar a hablar de mi mamá, quería compartir algo que pasó. Cuando tomamos la decisión de venir a testimoniar, participé del primer día, yo estaba del otro lado del pasillo (señala la división invisible, pero notoria, entre familiares de militantes y los imputados), y veía que los familiares de los imputados estaban constantemente con los celulares, chateando, en las redes sociales. La verdad es que los tenía muy cerca y eso me generó en ese momento mucho malestar. Es algo que tenía constantemente en mi cabeza. Estaban como en una charla de café y estábamos hablando de la desaparición, tortura y muerte de nuestros familiares. Cuando me comentaron que no iban a estar presentes los imputados, dije: bueno, no voy a tener que cruzármelos y estar testimoniando con esa sensación de malestar que se me había generado; por unos segundos sentí alivio. Y después, con el pasar de los días, sentía que algo me molestaba. Y pensé: no, yo creo que tendrían que estar acá escuchándonos, a los testigos, a los sobrevivientes, a los hijos de los compañeros, porque es parte de la justicia que todos buscamos, que ellos estén al tanto de las consecuencias de sus actos”.

Ana Victoria Binstock muestra fotos de su madre, antes de la última vez que la vio, en la Guardería de La Habana. 📷Fernando Tebele/El Diario del Juicio

Luego de ese preámbulo, comenzó a hablar de Mónica. Arrancó por sus abuelos, que conformaron la familia Pinus-Tolchinsky, y a quienes no conoció. «Había mucha vinculación de mi familia con los Tolchinsky, que todas las semanas se juntaban los domingos en lo de los abuelos. Allí conocí a Silvia Tolchinsky. Me contó, las veces que pude hablar con ella, que cuando eran chicas el Zeide (abuelo en idish) las llevaba a Agronomía y ellas (las primas Mónica Pinus y Silvia Tolchinsky) jugaban a proteger a alguien y siempre se llevaban a algún gatito y lo protegían y le daban de comer. Sentían que eso era una primera muestra de lo que significaba la militancia». Silvia Tolchinsky es una presencia permanente en este juicio, a través de los datos que pudo ir acercando, como sobreviviente de Campo de Mayo, a muchas de las familias que perdieron a sus seres queridos, de quienes ella pudo aportar alguna información como una de las pocas sobrevivientes de ese lugar de exterminio; pero esta vez además hay lazos familiares. Cuenta que colocaron dos baldosas en memoria de su madre, desde Barrios por la Memoria: «Una en la puerta del colegio y otra en la puerta del edificio donde vivió, porque queríamos marcar sus pasos. Eso nos permitió conocer a sus compañeras de secundario, amigos, gente muy importante, personas que nos han aportado anécdotas que no conocíamos».

En la medida que corre su testimonio las pausas en su relato se hacen más extensas. Muestra una fotos al tiempo que habla de la guardería:

—Lo que tengo de la guardería es alguna que otra escena, pero no recuerdos claros —anuncia—. Sí recuerdo que estuve con mis primos y las últimas fotos con mi mamá.
—¿Tenés esas fotos con vos? —pregunta Sosti.
—Traje unas del último tiempo de mi mamá. Con nosotros —va separándolas—; de ella; y de ella con nosotros, que es la última foto.
—¿Dónde son estas fotos? —pregunta la jueza Morguese Martín cuando llegan a sus manos.
—Esas son de la guardería.

Mientras uno de los secretarios del juzgado recorre el ancho de la sala con las fotos en sus manos para que las puedan observar las partes, Ana Victoria profundiza acerca de su mamá. «Siempre me dijeron que ella era muy cariñosa, que estaba muy pendiente de nosotros. Que era muy tímida, callada, pero que era de risa floja; mi papá siempre resalta que tenía una hermosa sonrisa, situación que la familia siempre ve reflejada en mí», asegura mientras ensaya una sonrisa, como para que no queden dudas, aunque rápidamente vuelve a la seriedad. Si bien no tengo recuerdos de ella, sí tengo el recuerdo de haber tenido alguna imagen de ella. Sí siempre me quedó la sensación de que ella estaba mal, que se sentía mal desde lo emocional».
Al comienzo había pedido disculpas porque seguramente iba a repetir algunos datos del testimonio de su padre, cosa que efectivamente hace cuando recorre los últimos días de su madre antes de despedirse en La Habana, antes del secuestro en Brasil.

«Siempre en algún lado hay dolor, hay tristeza, por lo que uno no puede compartir, porque siente que algo le falta. En mi caso me falta mi mamá, mi tío. Había un manto de miedo. Yo por las noches soñaba que venían hombre de negro y nos mataban a todos. Ahora soy madre de una nena de 9 años y estoy llena de amor y felicidad, pero también tengo tristeza, porque no puedo hablar con mi mamá. No la pude conocer». Hace el silencio más largo de todos. Se acerca al final. «Yo quería compartir dos cosas. Una es una pequeña charla que tuve con Silvia Tolchinsky, que también me acompañó en este crecimiento, que me acompañó como parte del dolor. Y después, si me autorizan, unas palabras, pero en un audio. El audio es de mi mamá. Un día, Silvia me dice que durante su cautiverio: ‘Yo me angustiaba mucho por tu mamá, porque Mónica ya había sufrido. La conocía muy bien y sabía su forma de sentir. Sabía cómo había llegado a cada cosa y sabía de sus miedos y de sus afectos'», cuenta poniéndole voz a Tolchinsky. Enseguida retoma hablando de su pena. «Pero también yo sé, y de hecho me parece importante, que ella sabía que parte del camino y de sus decisiones eran difíciles. Pero lo hacía con la convicción de que su lucha era por algo mejor para nosotros, para los barrios donde ella militaba, para sus amigos y familiares». Luego acercará el teléfono al micrófono, pulsará para que se escuche la voz de Mónica y finalizará su testimonio. Como acompañando su ritmo, tal vez con la misma congoja, se producirá un largo silencio antes del aplauso que cierra cada vez. Será recién cuando Ana Victoria Binstock se abrace con su padre, Edy, que siempre habrá pensado en lo difícil que sería ser testigo en esta causa, sin haber podido imaginar, quizá, que habría de vivir algo mucho más difícil aún, el mismo día: escuchar a su hija y a su hijo.

El abrazo apretado entre Ana Victoria y su padre. Los observa Andrea, la actual compañera de Edy. 📷 Fernando Tebele/El Diario del Juicio

***

Son las 9:35 cuando Edgardo Ignacio Binstock promete decir la verdad. Porta con elegancia un saco azul sobre una camisa blanca. Pequeños rulos grises son parte de una prolijidad que se nota hasta en su barba. Un par de anteojos realzan los ojos pequeños. Edy está por declarar por Mónica, aunque él también haya sido parte de la Contraofensiva. “Conocí a Mónica en 1970. Ella terminaba el secundario, a los 17 años. De entrada me impactó que era una flaca muy espontánea y simpática. Empezamos a salir. Nos fuimos conociendo. Fue en una época movida de nuestra historia. Nacimos a la vida política en circunstancias diferentes a las nuevas generaciones. Nos conocimos en plena dictadura. Me tocó hacer la colimba en el ‘72. El 22 de noviembre, de la mano, fuimos al regreso de Perón, atravesando el Río Reconquista”, cuenta.
“Empezó a estudiar psicología y luego los dos empezamos a estudiar sociología. Juntos comenzamos allí a militar en la Juventud Universitaria Peronista (JUP). Parte del ‘72 y el ‘73. Fue una etapa muy convulsionada. Nos planteamos que queríamos militar en el territorio, en un barrio. A través de su prima hermana, Silvia Tolchinsky, comenzamos a militar en Hurlingham. Detrás de Villa Tessei. Un tiempo muy breve pero muy intenso. Todo el día laburando”, dice con un tono tranquilo y seguro.

Recuerda que se casaron el 30 de agosto de 1974. “Comenzaron a atacar las unidades básicas a balazos. Comenzaba a verse lo que sería la Triple A. Nos fuimos a vivir a Ramos Mejía, a un edificio construido por Montero, que -no sé si recordarán, los que eran de esa época- tenía unos carteles a los que siempre alguien les agregaba las letras que faltaban”, y arranca una sonrisa general. No hace falta que deletree el agregado.

Dos tiros y un secuestro

Binstock recuerda que en marzo de 1975, mientras salían a hacer pintadas con aerosol, “en la casa de un burócrata sindical, a Mónica le metieron dos balazos. La llevan al Hospital de Haedo. La secuestran del hospital junto a su padre. A él lo sueltan al rato. Ella desaparece unos días. Después nos enteramos de que la habían llevado a la Brigada de San Justo”, dice, señalando el Centro Clandestino de Detención Tortura y Exterminio, parte del Circuito Camps, por el que se realiza actualmente un juicio en La Plata. “La torturan. Pide ir al baño. Reconoce el baño. Cuando la torturaban le decían que eran gente de López Rega y de la Triple A”, señala. A los pocos días la movieron y le dijeron que ya era legal. Se sorprendió al ver que siempre había estado en el mismo lugar, secuestrada primero, detenida después. “Cuando pide ir al baño reconoce el mismo. O sea, estaba en la Brigada”. La soltaron más tarde. Binstock cuenta que el secuestrador le dijo: “’Yo tengo a mis hijos en la universidad. Por eso te voy a soltar. Hoy por tí, mañana por mí’. Eso cambió nuestras vidas. Nos fuimos de Hurlingham porque algunas  pintadas decían: ‘Libertad a Mónica Pinus’. Nos fuimos a Martín Coronado y militamos en la Villa Carlos Gardel, que en el ‘66 fue un barrio de viviendas transitorias hasta el 2010, que Néstor Kirchner hizo casas y lo convirtió en un barrio”, dice con cierto orgullo.

Binstock ante la mirada, desde la foto, de Mónica Pinus. 📷 Gustavo Molfino/El Diario del Juicio

Prolijo en su relato, tiene sobre la mesa una foto de Mónica en primerísimo plano y un machete que le anunció a los jueces, pero al que no recurre por ahora. Da cuenta primero del nacimiento de Ana Victoria el mismo día de la muerte de su suegra: “Yo la estaba acompañando a Mónica a parir y viene mi cuñado y me dice: ‘falleció mi mamá’”. Luego salta al secuestro de su hermano. “El 20 de agosto de 1976 secuestran a mi hermano de la casa de mis padres en Caballito. Eso también nos cambió a nosotros. Mi hermano está detenido desaparecido. Mi madre (Mina Feuer) se transforma en Madre de Plaza de Mayo. Mi padre (Julio Binstock) colabora con el CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales). Mi hermano se llamaba Guillermo Daniel Binstock. Como él sabía que vivíamos en Martín Coronado, nos fuimos por prevención. Había mucho miedo. Se nos cerraban casas de familiares. Vivimos un tiempo en Casanova en la casa de un amigo. Luego compramos una casa en Morón sur. Ahí vivimos en 1977/78, desenganchados, sin militar”, continúa cronológicamente.

El enganche

Binstock avanza lentamente hacia la Contraofensiva. Pero antes, cuenta que Mónica correteaba ropa, aún desenganchados de la organización, a la que se reintegran en el ‘78 “a través de Miguel Francisco Villarreal, ‘El Chufo’, el marido de Tolchinsky. Lo traemos cerrado, tabicado, a nuestra casa en Morón sur. Viene a charlar. Cuenta que estaba militando, que había caído toda la conducción de Montoneros en La Plata, y que era necesario rearmarla. Él era biólogo, muy respetado en lo suyo. Le dijimos que estábamos dispuestos a mudarnos a La Plata. Fue para la época del Mundial ‘78. Mónica había quedado embarazada de nuestro segundo hijo”. Edy relata otra caída, esta vez la de Chufo Villarreal. “Ella va a cubrir una cita. Estaba cantada. Él corre, se mete en el subte y se toma la pastilla de cianuro. Lo llevan a la ESMA”. Allí llega muerto y aparece al día siguiente.

Entre La Plata y México

“Nos vamos a Los Hornos y yo salgo a México, en septiembre del ‘78. Silvia Tolchinsky había salido por un problema en su columna. Estaba con sus tres hijos. Voy sabiendo que estaba allá para engancharme. Vuelvo con la tarea de interferir las señales de TV, con un aparato que hoy sería obsoleto. Cuando estaba por volver se complica mi regreso porque se enteran `de que Norberto Habbeger (periodista, miembro de la conducción de Montoneros) había caído en Río de Janeiro. Se retrasa mi retorno hasta que se decide cambiar y entro por Santiago de Chile”. Binstock colorea su detallado resumen cada tanto. Como cuando dice que “el Palacio de la Moneda estaba apuntalado todavía, semibombardeado”. El 2 de noviembre de 1978 nace el segundo hijo de Mónica y Edy. “Le pusimos Miguel Francisco por el Chufo Villarreal”, explica.

Interferencias

Binstock acompaña cada palabra con gestos ampulosos. “Yo me compré una camioneta. Mónica grabó la proclama en un grabador por casete. Armé la antena de aluminio. La metí en un doble techo de la camioneta. Cuánto más altura, más largo el alcance”, lanza como si fuera sencillo interferir la señal de un canal de TV. “Después íbamos al almacén para chequear y la gente fantaseaba. Decían que habían visto a la mujer cuando sólo interferíamos el audio”, recuerda y vuelve a sonreír con sus notas de color. Luego de las fiestas del ‘78, reciben un llamado de Tolchinsky. “Silvia nos llama y nos dice que teníamos que salir. Que levantemos la casa y salgamos con Mónica y los chicos. Así que acomodamos la casa y nos preparamos para viajar. En enero de 1979 llegamos a México. Tengo contacto con Eduardo Pereyra Rossi, ‘Carlón’, asesinado por Patti en el ‘83 en Rosario. Me explica lo de la Contraofensiva. Me sorprende. Me explica los fundamentos, los TEA y las TEI. Nos quedamos igual un tiempo en México. En ese tiempo me viene a hablar Raúl Yager, otro miembro de la conducción. Me explica que era una complicación que volviéramos con la Contraofensiva porque habíamos dejado el departamento y quienes estaban allí no iban a saber si nos pasaba algo”, también ellos habrían quedado expuestos a ser secuestrados. “Me explica la experiencia de la Guardería de La Habana. Me plantea que los padres iban a ingresar sin los chicos”.

La Habana, inesperada

Dice que les sorprendió llegar a Cuba, porque estaban preparados para reingresar a la Argentina, y pasan a formar parte del grupo de adultos a cargo de la guardería. “Llegamos de manera inesperada a La Habana. Fue una experiencia difícil. Teníamos una gran infraestructura de apoyo cubana. Por un lado del Hospital de La Habana. En realidad, le decimos ‘la guardería’ pero era una casa. La primera, compleja. Un chalet muy grande, que no estaba preparado para estar con chicos. Tenía un sólo baño. Mónica se hizo cargo de los bebés, porque nuestro chico era bebé y porque le gustaban”. Rescata que había habido una primera experiencia de guardería “hubo una pequeña experiencia (anterior) de la que no participé, en Cuernavaca, México”. Como todos las personas adultas que participaron de la Contraofensiva al cuidado de los niños y niñas de quienes reingresaron al país, “teníamos una gran responsabilidad porque teníamos incertidumbre acerca de cómo estarían los chicos. Estaban además Cristina (Pfluger) y Pancho (no recuerda el apellido, era Héctor Dragoevich), que habían salido opcionados a Suecia, y la compañera de Roberto Perdía, Amor, quien venía a colaborar todos los días. Más dos cubanas”, que les ayudaban con la difícil tarea de contener a las criaturas en ausencia de sus padres y madres. “Ahí me encuentro con Silvia que estaba trabajando en una secretaría técnica de Montoneros en La Habana”, rememora. “Fue una experiencia maravillosa”, dice acerca de la mítica guardería.

El recambio en Cuba

Binstock detalla que, aunque Cuba estaba sometida a un cruel bloqueo, “Nunca se cortaron las relaciones con la dictadura por lo que, mientras eran muy solidarios con nosotros, en Cuba no se hablaba de la dictadura argentina. Nosotros nos manejábamos con documentos uruguayos para que el gobierno cubano no tuviera problemas”. Continúa Edy: “El matrimonio anterior se va. Llega el nuevo equipo con Susana Brardinelli, Nora Patrich, Estela Ceresetto. Nosotros nos quedamos para sumarnos al equipo de Horacio Campiglia. Nos mantenemos en la guardería, pero ya no como responsables”. Había llegado el momento de cambiar de tarea dentro de la Contraofensiva. Lo hacen a través de Campiglia. “No lo conocíamos. Nos plantea que se iba a instalar en Río de Janeiro. Que ahí íbamos a saber nuestra tarea pero que nos íbamos a quedar en Brasil como enlace de quienes regresaban. Yo tenía que ir antes y alquilar un departamento en la zona que, como turistas, no vemos”. La función de la estadía en el hotel era casi exclusivamente recibir la llamada de Campiglia, que según Binstock se lo comunicó así: “Nosotros después vamos a viajar. Te vamos a avisar cuándo vamos a viajar con Mónica y cuando te llamemos al hotel, vos te vas del hotel y vas al departamento. A partir de que te llamamos nos encontramos en una esquina”, recuerda que le dijo. Olvidó exactamente cuál, pero traza un paralelo porteño: “como si fuera Lavalle y Florida. Ese fue, a grandes rasgos, el acuerdo que hicimos con Campiglia”.

Cita con nadie

Edy recuerda el viaje entre México y Brasil, que supuso un cambio de identidad en el aire. “Salgo de México como Binstock y llego como Prinssot, que es el mismo apellido que usaría Mónica después, algo que ahora no se podría hacer. Me instalo en Río de Janeiro. Alquilo el departamento. Compro los muebles y me quedo esperando que me llamen. El 10 de marzo me llaman y me dicen que están por viajar. Me preguntan si me había pasado algo. Me hacen hablar con Mónica. ‘Bueno, a partir del lunes empezá a cubrir la cita’”, cuenta que le dicen. “Me voy del hotel al departamento y espero a la hora de la cita. Por supuesto no vienen, pero me hice la película de que, por ahí, no habían llegado a tiempo para tomar el vuelo. Fantasioso, pero uno pensaba en positivo… Volví, con más prevención, a cubrir la cita. Ahí ya estaba el 99% convencido que les había ocurrido algo. El tercer día cubrí a distancia la cita. Volví al departamento. Lloré mucho. No tenía contacto en Río de Janeiro ni en México, me sentía más seguro en Buenos Aires. Entonces saqué el primer vuelo para México. Logré viajar, preocupado porque Mónica traía el mismo apellido con el que yo salí de Río. Pero tuve suerte. Tiene que haber sido el 15 el 16 de marzo. Dejé el departamento así como estaba. No le expliqué nada a nadie y me las tomé”, chasquea los dedos. “En México voy a la casa de Rodolfo Puiggrós, que era pública. Me comunico con mi papá. De casualidad estaba, en su casa, con Enrique Mignone, el presidente del CELS. Traje las publicaciones en los diarios de la época. Los hábeas”, agrega mientras entrega los papeles al secretario. “Paso dos o tres días encerrado en una habitación de hotel, entiendo que para ver mi situación. Me la paso leyendo novelas policiales, con la cabeza…”, completa la escena girando sus manos en círculos. “Me dicen que debería volver a Cuba para ver a mis hijos. Volví. Ahí me dicen de la caída de todo el grupo del ‘80”.

—En relación a Mónica, ¿ellos pasaron por Panamá? —pregunta la jueza Morguese en relación a Pinus y Campiglia.
—Yo me entero en La Habana que ellos salen de Panamá en un avión de la venezolana Viasa. En Caracas hacen tránsito y cambian de avión a Varig hacia Río de Janeiro. Cuando yo vuelvo a La Habana saben el recorrido pero nadie sabe nada más en el ‘80. Y que caen en Río. Son las dos cosas que sabemos. Pensaba verla a Tolchinsky, que era su prima, para contarle, y ella ya no estaba.
—¿Quién sabía? —consulta la jueza.
—En esa época hablo con Perdía y Firmenich. Ellos sabían esta nebulosa. El resto se va a saber después. Empezamos a armar un dibujo de caídas porque fueron en la misma época. Luego, ya en los ´90, llegará la certificación con los desclasificados.

Su testimonio se extiende. Va casi una hora y media. Está aún lejos del final. Cuenta que se va a vivir a Barcelona. Que acompañará a Ana María Ávalos en su denuncia contra Cristino Nicolaides por la caída del grupo de 18 personas en el ‘80. También se enterará allí de la caída de Tolchinsky. En el ‘82 pasará por San Pablo, en un intento por regresar al país. Deja a los chicos con su padre y su madre. “Para esa época hay una persona, Jair Krischke, que investigó mucho. Él es quien empezó a decir que había un testigo, que nunca supe quién era, que los ve caer en el aeropuerto y que Mónica pega carterazos. Retomo la vida con mis hijos. Me reencuentro con Silvia Tolchinsky. Me cuenta todo su secuestro, las torturas y me cuenta detalles sobre Mónica. Que un tal ‘Melena’ participó de su secuestro: ‘Participé del secuestro de su prima: pegaba carterazos’. Coincide con la versión de Krischke, es lo único que sé hasta el momento”.

Desclasificados

Edy asegura que el panorama sobre lo que había acontecido en Río de Janeiro recién le quedó claro con los desclasificados. “En el año ‘99 viajo a Washington y me entrevisto con Linda Edelmann y Carlos Osorio, que conducían un equipo que se ocupaba de los documentos desclasificados. En el año 2002 me llega material, a través de Juan José Álvarez, a cargo del Ministerio de Justicia en la época de Duhalde, que suman información a los documentos desclasificados, ya recibidos a través de Osorio. Ahí vi un montón de datos. Un enlace le cuenta al personal de la embajada que fueron secuestrados en la puerta del avión. Que va un grupo argentino con un avión, un tal Teniente Coronel Román, que supongo sería un seudónimo. Cuentan que mandan a una pareja al hotel intentado enganchar a alguien. Me llama la atención de cómo informaban de todo a la embajada. Había una coordinación que me llamó la atención. Por primera vez hay nombre y apellido. Es la primera vez que leo sus nombres sin que estén tachados. Dice cuál es el área del 601 que los secuestran”, agrega.  El juez Mancini lo mira y asiente con la cabeza como señal de atención. Lleva puesto un saco rosa viejo. Binstock recuerda sus testimonio en el juicio Orletti (por su hermano) y en Cóndor (por su esposa).

Brasil reconoce su parte

En 1995, Brasil promulga la Ley 9140: “es una comisión especial que releva los casos de secuestros de brasileros y argentinos en Brasil. Les dejo copias. Los nombra a Mónica y a Horacio. Donde el gobierno de Brasil reconoce su responsabilidad en los casos de Mónica, Campiglia, Viñas y Adur”, dice. De allí salta al 2004, año en el que le comunican “que hay un resarcimiento, pero también me invitan a una ceremonia en la que el gobierno de Brasil reconoce haber participado. Le comunico a Néstor Kirchner que estaré presente en la reunión del Mercosur en Ouro Preto. Me lleva como parte de la comitiva. En medio de la reunión, el presidente Kirchner se puso a mi lado. Para mí fue muy importante, no sólo porque lo conocía, sino porque era el Presidente de Argentina presente en el acto de reconocimiento del gobierno de Brasil».

Todo tuvo sentido

Binstock recurre al apunte quizá por primera vez. Anuncia que quiere decir un par de cosas antes de retirarse. «Por un lado quería reconocer, en ustedes, como cabeza de tribunal, a todos los miembros del Poder Judicial. A mí me parece importante que estos hechos se sigan llevando adelante con cualquier gobierno que esté en la Argentina, como Estado. Tuve el honor, hace algunos años, de ser el Secretario de Derechos Humanos del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, durante la gestión de Felipe Solá. Y participé en muchas querellas, institucionalmente, como Estado. Siempre planteaba una consigna que era que el Estado democrático juzgaba al Estado terrorista. Creo que eso es importante y una marca particular que tiene la Argentina, que la ubica distinto en su propia historia y en la comunidad internacional».
La segunda cuestión que plantea tiene que ver con la militancia en las nuevas generaciones, pero la enlaza con Mónica. «Hoy veo muchísimos jóvenes que se siguen comprometiendo, militando política y socialmente, las jóvenes con el feminismo. A mí me parece que eso le da continuidad y sentido a muchas generaciones que en distintos momentos de nuestra historia nos comprometimos para construir una patria con justicia social. Reivindico la presencia de un Estado democrático que cumpla su función y nuevas generaciones que se comprometan con el destino de la patria. Eso me parece que también es fundamental y quería finalmente decirle a Mónica, que nada fue en vano, que todo tuvo sentido”. Aparece el único momento de emoción visible hasta aquí.

El  abogado defensor de la mayoría de los imputados, Lisandro Sevillanos, realizó un extenso interrogatorio a Binstock.
📷Gustavo Molfino/El Diario del Juicio

Parecería que se acerca al final. Sin embargo algo interrumpe el cierre:

—¿Quiere agregar algo más? —da pie el juez Eggers, pero se encuentra con que, en lugar de Binstock, responde el defensor oficial.
—Quiero hacer una pregunta —dice Sevillano.
—Dos veces le pregunté… —se enoja Eggers.
—¿Quiénes eran ese apoyo que mencionó en Cuba? —consulta el defensor
—Por ejemplo: el médico era el jefe del Hospital de niños. Lo que era un compromiso y una responsabilidad muy fuerte, tanto para nosotros como para el gobierno cubano.
—¿Recuerda quién era la secretaria en esa oficina de La Habana?
—Recuerdo a Silvia Tolchinsky.
—¿Hicieron archivos o legajos de los padres de los niños de la guardería? ¿Los llegó a ver?
—Sé que existían, pero nunca los vi. De hecho cuando volví a La Habana me dieron los documentos de Mónica.
—¿Recuerda quién?
—Honestamente, no. Si no se lo diría. Sé que han quedado archivos en La Habana. Existía en esa secretaría una computadora Commodore, la primera que ví, más cerca de una máquina de escribir que de una computadora.
—Las tropas cubanas ¿qué nivel de profesionalismo tenían? —pregunta Sevillano y desata la interrupción de la fiscal Gabriela Sosti.
—Objeción —dice Sosti.
—Habló de compromisos del Estado cubano… —intenta argumentar el defensor.
—Lo dijo hace una hora… —dice Eggers.

El juez Mancini y la consulta sobre el significado emocional que tuvo el reconocimiento del Estado brasileño en Binstock. Mancini, en su sentencia por los desaparecidos de La Tablada, dio cuenta del fallo como reparación desde el Estado.
Gustavo Molfino/El Diario del Juicio

—Desde la perspectiva emocional, ¿qué significó el reconocimiento del Estado brasileño? —pregunta Mancini, quizá pensando en cómo debería reparar el Estado argentino su responsabilidad en la sentencia de este juicio.
—En ese momento, sobre todo, fue muy importante, porque era uno de mis objetivos: que el Estado de Brasil lo reconozca, de resultado difícil. Se tornaba dificultoso por la Ley de Amnistía que cortaba toda investigación y encima habían acotado a la comisión investigadora al año exactamente anterior a la desaparición de Mónica. Para mí era fundamental, porque sabía que había sido ahí el secuestro. En ese momento fue una gran alegría. Esa imagen que me acompañó muchos años, y a veces cuando se producen juicios como estos todo te vuelve… yo siempre digo que tengo como una persiana que voy tirando y bajando porque la vida continúa. Fue una caricia al alma —explica Binstock.
—¿Pudo reconstruir su vida y cómo lo afectó? —quiere saber la jueza Morguese.
—Tengo mis alergias y mis brotes pero no sé hasta qué punto… Sí, reconstruí la pareja. Tengo una tercera hija que le pusimos, con la madre, que está acá presente, Mónica. Yo traté siempre, si bien durante muchos años estas cuestiones te van acompañando. Supongo que a mis hijos les habrá costado mucho más, sobre todo porque mis viejos cumplieron durante un tiempo esa función. Mi mamá era muy maternal, los acompañó mucho, y cuando después se fueron a vivir conmigo, mi mamá falleció en un accidente de lo más raro. Iba caminando por la vereda. Un colectivo atropelló a un coche y el coche se subió a la vereda y la mató. Y eso a mis hijos también los golpeó porque había sido una segunda madre.

Rescatando a Marta Libenson

No se quiere ir sin mencionar a una de las caídas durante la Contraofensiva. “Quería hacer un reconocimiento que dejé para el final. Marta Libenson, que cae en el grupo del ‘80. Cuando salgo en ‘79, salgo a Madrid. Ella me cuenta que va a entrar. Entra en el ‘79 y luego en el ‘80. Ahí cae. Ella había tenido un compañero, Benjamín Dricas, que cae en el ’76 y con el que había tenido una hija, pero él no llega a conocerla. Después ella hace pareja con (Ricardo) Marcos Zucker, que cae junto con ella en el grupo del ‘80. Yo la conocí (a la niña) en la segunda guardería. Se llamaba Ana Victoria, como mi hija, le decían La Pitoca. Hubo un problema, porque la criaron los padres de Marta, que yo los conocía también. Me autocritico en realidad de no haber tenido contacto después con ellos. Y yo me entero con el tiempo que ellos tardaron mucho y nunca le contaron la verdad de lo que había pasado con sus viejos, ella lo terminó sabiendo en el Colegio Buenos Aires, por los compañeros que tenía, por la hermana de Zucker que investigaba (por Cristina Zucker, autora del libro El tren de la victoria), pero en toda la primera época de su infancia nunca le dijeron qué había pasado con sus viejos. La Pitoca a los 20 años muere de cáncer de lengua. Y a mí me parecía muy simbólico y creo es responsabilidad del Terrorismo de Estado, porque es una de las secuelas en mi opinión. Yo les quería rendir un homenaje a Marta Libenson y a La Pitoca.
Binstock sale después de dos horas y media. Se abraza con Andrea, su compañera, que se queda toda la jornada en la primera silla del público, conmovida en varios momentos. Aprovecha el cuarto intermedio para recibir más abrazos, y se vuelve a sentar, pero ahora en la primera fila. Es el turno de sus hijos.

Al igual que su hermana, Miguel Binstock declaró con el pañuelo de Madres de Plaza de Mayo que usó su abuela para buscar a su tío. Fernando Tebele/El Diario del Juicio

La cuarta voz

Miguel Francisco Binstock ingresa a las 13:13 de una jornada cruzada por Mónica, su mamá. Puede pensarse que nada queda por decir luego del paso por la sala primero de su padre, y luego de hermana. Tiene una camisa celeste apretada contra el cuerpo. Antes de sentarse en la silla de los y las testigos, le deja la campera a su papá, que ya se conmovió con las palabras de Ana Victoria. Miguel apoya el buzo en el respaldo. Le pide a su hermana el mismo pañuelo Madre de la Plaza de su abuela, Mina Feuer. Lo despliega abierto sobre la mesa. Miguel tiene su cabeza tan prolijamente rapada como los rulos de su padre. Una barba raleada le crece desde las patillas.
Va recorriendo el mismo camino que relató Ana Victoria. Rescató como un momento de «estabilidad geógrafica» el momento de ir a vivir a Haedo con su padre y su nueva pareja, en el regreso a Argentina. «Yo siempre tuve ese registro conciente de la situación de la muerte de mi mamá. Lo viví siempre con mucha normalidad, con permiso de la palabra. Y esa sensación no dejaba de implicar cuestiones del sentido perverso de la desaparición en la cabeza de un chico. Tenía la fantasía en alguna salida que uno hacía por la ciudad».
Pero la “normalidad” lo afectaba, aunque tomó real conciencia más tarde. “Ya de grande me enteré que cuando estaba con mis abuelos iba a un psicólogo. Me acuerdo que hacía juegos en las sesiones de terapia y no sabía nunca por qué había ido, pero después supe que surgió porque era tartamudo al inicio de la edad parlante. Y lo interpreto por este lado de poner en palabras toda esta cuestión”.

La militancia

Miguel se fue acercando a la militancia como pudo, al tiempo que reconstruía su propia historia. «Recuerdo una gran marcha que fue la de los 20 años del golpe (1996). Una de las primeras marchas masivas, en las que siento que en los organismos de derechos humanos es donde se empieza a aglutinar un espacio de resistencia y de contención, no sólo para las familias que sufrieron la dictadura, sino para las personas que estaban siendo afectadas por las políticas en ese tramo”. Traza una reconstrucción de su paso por la Agrupación HIJOS. “A partir de ahí empiezo un proceso de construcción desde la praxis. En el año 2003 cambia mi situación personal. Me voy a vivir solo, empiezo a trabajar, e ingreso a la Agrupación HIJOS. La insistencia de una compañera me llevó a esa situación y fue un crecimiento. Pasé a estar en un espacio de contención tácita, porque no nos poníamos a hablar de nuestras historias, pero había ciertas cuestiones a las que alguno no podía ponerles palabras y algún otro compañero sí lo hacía. Me permitió ordenar algunas ideas políticas en la cabeza también. Mi ingreso fue en agosto de 2003, que fue el mes de la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, y eso generó un debate, porque la consigna Juicio y Castigo en ese momento era un hecho alcanzable. Hubo mucha discusión sobre qué hacer y la decisión política de volcar todas las energías a estos juicios y a la búsqueda de nuestros hermanos apropiados. Y lo que había sido la herramienta más visible de la agrupación, el escrache, se reconfiguró.

Recuperar la historia de los escraches

Si una acción política ha sido demonizada en las últimas décadas, ahí están los escraches en primera fila. Miguel Binstock, recupera esa historia y remarca la construcción previa: «Los escraches eran poner en evidencia a los asesinos que vivían en sus casas, pero además tenían todo un proceso de construcción. Se iba al barrio unos meses antes. Se vinculaba con las organizaciones sociales. Se armaba una mesa (Mesa de escrache) que trabajaba sobre los vínculos sociales y se armaban hechos culturales para la jornada y finalmente se hacía el escrache, que era una marcha para terminar arrojando a la casa bombitas de color roja, simbolizando la sangre de los desaparecidos”.
Ya en el cierre, le habló directamente a Rodríguez Eggers: “Le pido, Señor Presidente, que sean condenados, pero que además vayan a una cárcel común, no a una de lujo, que además es en Campo de Mayo, que es el lugar donde asesinaron a mi madre y a los compañeros”.

Es el final de una extensa jornada, que tuvo la particularidad de haber abordado un sólo caso. Pasaron cuatro voces. Binstock, su hijo, su hija. Y también Mónica Pinus, no sólo por su voz oída en la sala. Aunque, es cierto, todavía rebota en los oídos.

*Este diario del juicio por la represión a quienes participaron de la Contraofensiva de Montoneros, es una herramienta de difusión llevada adelante por integrantes de La Retaguardia, medio alternativo, comunitario y popular, junto a comunicadores independientes. Tiene la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguinos diariamente en https://juiciocontraofensiva.blogspot.com